Uno de los grandes retos en la distribución de insumos básicos en la sociedad es el transporte de alimentos. Los productos frescos y los que ya pasaron por un proceso de industrialización son movilizados a través de operaciones complejas, en “bruto” o ya elaborados para su consumo directo, o como materias primas para la elaboración de otros productos. Esta preparación de alimentos depende también de los procesos de manufactura que se surten de las cadenas de distribución.  

Si bien todos los alimentos perecederos son sometidos a requisitos de higiene, preparación y almacenamiento para su transporte, el objetivo es preservar lo más posible sus características físicas y nutricionales. Como sociedad contemporánea ya es posible consumir alimentos de otras partes del mundo, y pueden estar disponibles durante todo el año, hasta en fuera de temporada.

La disponibilidad de la mayoría de los alimentos, así como los procesos que tienen en el largo camino hasta el consumidor final, es uno de los puntos neurales de la logística del transporte de alimentos. Para ello también existe una regulación internacional llamada ATP
(Acuerdo sobre transportes internacionales de mercancías perecederas y sobre vehículos especiales utilizados en este transporte) que controla la calidad del transporte de productos alimenticios. Esto garantiza las condiciones óptimas de los alimentos para su consumo final.